Alguna vez, reflexionando sobre Octavio Paz, el filósofo Bolívar Echeverría comentó que, en cierto modo, su desaparición física beneficiaba su obra al liberarla tanto de su personalidad como de sus cambiantes compromisos con el poder político mexicano en turno. La afirmación, si bien sorprendente y hasta incómoda por tratarse del único Nobel mexicano, era la reelaboración de una idea expresada mucho tiempo antes en relación con Ernesto Guevara, a quien en su juventud profesó gran admiración. Una cosa –escribió– fue el hombre Ernesto, y otra el “Che”, el personaje o figura del revolucionario argentino; el primero había sido ejecutado en Bolivia en Octubre de 1967, el segundo continuaba presente en el pensamiento revolucionario por sus acciones, sus escritos, su diario, y por supuesto, agrego yo, por las fotografías que lo inmortalizaron, como aquella de Alberto Díaz “Korda”, intitulada Guerrillero heroico (1960), convertida en afiche de cuantos soñaron una revolución. Por supuesto, en algún momento el hombre y la figura revolucionaria coincidieron, para luego separarse e incluso distanciarse de manera definitiva.
Quizá ahora, a tres lustros de su muerte, sea necesario retomar esta misma idea para con el filósofo que así opinaba sobre Paz y así pensaba sobre el Che. Este filósofo ya oscila entre el hombre Echeverría, fallecido el 5 de junio de 2010, y la figura “Bolívar”, poderosa y persistentemente vigente más allá de las fronteras disciplinarias y académicas, en parte considerable de los círculos del pensamiento y discurso crítico tanto en México como en distintas partes del mundo. Diríase que Bolívar está cada vez más allá de Echeverría. Preguntarse si su desaparición física libera su obra, y en tal caso, de qué modo, es doloroso para quienes le conocimos y tratamos de un modo cercano, pero hay que hacérsela.
A diferencia de Paz, hasta hoy no he tenido noticia de alguno de sus conocidos que afirme la personalidad de Bolívar fuese en detrimento de su obra. Si acaso, se insiste en su timidez. Considerándola, podría establecerse cierta relación entre ella y esa proceder suyo de casi esconder su obra, como afirmó Raquel Serur en uno de los tantos homenajes que se le han hecho desde aquel 2010. En este sentido, por más terrible que sea, podría aventurarse la afirmación de que ahora esa obra carece de aquel relativo freno que tal vez –no estoy seguro– supuso aquella personalidad. Por otro lado, por supuesto, Bolívar no fue un revolucionario al estilo del Che. Mucho se ha dicho sobre su apoyo organizativo y pecuniario a la Revolución cubana, sin embargo, por razones que falta esclarecer, muy rápidamente se decantó por otro aspecto de la revolución, aquel que Marx valoraba en demasía: la crítica como realización de la filosofía. Quizá, ahora que su obra circula profusamente, sus ideas se estén convirtiendo parte de aquel poder material para cambiar el mundo que el filósofo alemán postulaba como tarea para la teoría. En este sentido, su obra indudablemente trasciende su persona, formando parte de su figura.
Sin embargo, en realidad, pienso en otro tipo de liberación, esa que termina por hacer a un lado la mitologización que, voluntaria o involuntariamente, se construyó sobre su persona, formando ya parte de su figura. De ésta somos responsables en diverso grado quienes le conocimos y tratamos.
A menudo pienso que envejecer consiste, entre otras cosas, en alimentar y contar para sí y para el resto el mito que uno mismo ha construido sobre sí. Al interrumpirse bruscamente su narración, son los allegados los que la continúan a modo de homenaje, a modo de recuerdo, a modo de duelo. En ello no hay mala voluntad. Mas cuando este modo ocurre con un pensador cuya obra es relevante, y quienes lo llevan a cabo tienen acceso garantizado a la palabra impresa o hablada frente a grupos universitarios, en grandes foros y auditorios académicos o en escenarios políticos de relevancia, ¿no termina eso por lastrar la obra misma? Estoy convencido de que la pregunta es válida; también que la respuesta tiene mucho de incómodo.
Afortunadamente, el implacable paso del tiempo opera en favor de esta liberación a la que me refiero. Los que ahora, sin la presencia física del filósofo, se aproximan a su obra, lo hacen ya sin el fardo de la pérdida ni el peso del cariño y tal vez sin la carga de la admiración. Se las ven directamente con ella, lo cual diversifica y potencia su interpretación, poniéndola a prueba, discutiéndola e incluso confrontándose con quienes la difundimos e interpretamos también, pero desde un, al parecer, inevitable proceso de mitologización. En lo personal, pienso que, a 15 años de su muerte, esto está quitando cierta capa, quizá la más superficial, al núcleo duro que distingue la figura de “Bolívar” del hombre Echeverría, una distinción que me parece sumamente beneficiosa para la obra misma. Probablemente para una liberación casi total se necesite de una buena biografía, objetiva y documentada sobre el hombre y la figura, sus coincidencias y sus distanciamientos. Esta biografía sigue en espera de su biógrafo.
Liberación casi total, afirmo, porque aquí seguimos varios de los que le conocimos y convivimos con él. No se trata de haber sido su discípulo o alumno, reivindicaciones hechas más por quienes así se conciben a sí mismos que por el mismo Bolívar. Durante las casi dos décadas que tuve oportunidad de convivir con él con relativa frecuencia, no le escuché hablar ni de lo uno ni de lo otro, salvo en el sentido de que se habían inscrito en alguno de los cursos por él impartidos. De discípulos, ni hablar. La reminiscencia religiosa le era completamente adversa. En cambio, a sus amigos los concebía y trataba como tales; lo mismo hacía con quienes colaboraba. En pocas palabras, había en él más un afán de horizontalidad colaborativa que de designación trascendental y jerárquica por haberlo tratado, escuchado o leído. Sin embargo, por lo que significó en nuestras vidas, para varios de nosotros es complicado aproximarnos a su obra sin el fardo, el peso y la carga señalada. Eso tiene sus ventajas, pero también, no cabe duda, sus desventajas. Solo el tiempo terminará por hacernos a un lado de manera definitiva.
Estoy convencido de que Bolívar Echeverría estaba al tanto del proceso de mitologización del que ya era objeto al final de su vida. Ignoro si su salud le llevaba a pensar en la muerte más de lo que lo hace cualquier otra persona, y en ese sentido, si le preocupaba que a su obra la lastrara aquel proceso. En lo personal, muy rápidamente creo haber detectado en él un rechazo a la manera reverencial consecuente con que se le trataba. Quizá por esta razón, más que cualquier otra, mi trato, despreocupado y las más de las veces irreverente, le parecía menos insufrible que aquella manera. Tengo para mí que probablemente sobre esta base se edificó cierto tipo de amistad que incluyó colaboraciones, conversaciones, consultas, convivencias. Fue esto lo que me permitió construir una mirada menos totémica sobre el filósofo crítico de notoria vertiente marxiana.
Por supuesto, desde antes de conocerlo personalmente, sabía de su inteligencia, de su rigor teórico, de la precisión en sus exposiciones, pero al tratarlo me di cuenta de que todo aquello podía comprenderse mejor como resultado de algo que solía aparecer en aquellos momentos de convivencia y que en mi opinión era de importancia decisiva: su alegría, su inclinación al disfrute, su inteligencia juguetona y sagaz, su calidez, y hasta cierto punto una suerte de desamparo para un mundo excesivamente pragmático. Magnífico resultaba a la hora de comentar reflexivamente sobre las cosas más básicas de la vida cotidiana, de la política nacional e internacional, del capitalismo, pero lo era mucho más cuando incursionaba en temas relacionados con la literatura, el cine, el teatro, la música, y expresiones culturales. Con respecto a estos ámbitos, no era lo suyo estar recomendándome doctamente tal o cual libro, a tal o cual autor, pero sus comentarios puntuales, asombrados y asombrosos, sobre un pasaje en particular, sobre una secuencia, sobre algunos compases o letras, eran suficientes para ir en busca de lo afirmado, no tanto para comprobar la veracidad de su decir, sino para constatar una y otra vez su caleidoscópica, rica y profunda mirada sobre la realidad. Así fue como me percaté que en él no había intención de convencer sino un afán de compartir e invitar a construir el mirador propio sobre la realidad. Era esto lo que más poderosamente me llamaba la atención, porque llegar a eso, además del esfuerzo, del dolor que por momentos implica pensar, tenía como fundamento, columna y meta esa alegría y disfrute del vivir y de la convicción de preservarla de aquello que la merma, enajena, cosifica.
Su mirador, evidentemente, está construido sobre los sucesivos peldaños del discurso crítico marxiano, pero también sobre todo otro conjunto de peldaños que vienen de otras tradiciones, y sobre todo, de múltiples experiencias vivenciales, entre las que es necesario incluir pesquisas, investigaciones, curiosidades. Esto a menudo se obvia, o peor aún, se olvida o silencia cuando se le lee, se le expone, se le comenta. Soy de la opinión que intentar comprender su mirador requiere aproximarse a él desde estos distintos y sucesivos peldaños. De lo contrario se corre el riesgo de continuar mitologizando su figura, y por tanto, constriñendo de algún modo su obra.
Los libros que escribió y se publicaron son ya patrimonio de quien los lea. Nadie puede reclamar para sí la propiedad de sus secretos. En cambio, lo que cada vez se va quedando en la memoria de unos cuantos cual valioso tesoro son esos momentos de iluminación cuando, exponiendo, daba con una idea, una articulación reflexiva, un descubrimiento intelectual. Su rostro adquiría el gesto de infante complacido, alegre y asombrado. Así como privilegió el ensayo orientado por el aforismo “Lo bueno, si breve, dos veces bueno” en cuanto a lo escrito, así mismo construía sus reflexiones habladas, con particular fuerza en aquellos momentos de convivencia, y también, aunque de modo sutil, en sus clases. Si en los ámbitos académicos sus exposiciones eran claras, fundamentadas, no parecía seguir un guión ni hablar mecánicamente. Cuando lo escuchaba en alguna de estas exposiciones, yo estaba convencido de que en su interior estaba haciendo reflexiones juguetonas, articulaciones imprevistas, que era lo que sí se permitía hacer en las conversaciones personales. Y eso es lo que tuve para mí como la savia de lo que está en sus libros, además de la inteligencia, el estudio, la comprensión, el rigor y el compromiso. Esta savia es la que noto muy ausente en muchos de sus intérpretes, e incluso, de sus émulos, que los hay.
Un par de años antes de su muerte, comimos en el Mesón Puerto Chico, en la calle José María Iglesias, muy cerca de la Plaza de la República en la ciudad de México. Quizá por la cercanía del Monumento a la Revolución hablar de ella fue inevitable. Ante el deseo de cambiar las cosas, afirmé que una revolución seguía siendo necesaria. Estaba consciente de que lo afirmaba como una fantasía, pero sobre todo como una provocación, porque el asunto de las resistencias entonces y hoy me siguen suscitando ciertas dudas cuando se las intenta poner como centro único de existencia política. Su respuesta fue que las revoluciones, como las de antes, ya no eran ni viables ni posibles. Lo que hay que cambiar es la forma de pensarla y hacerla, dijo. La vulgaridad del cobro de la cuenta zanjó de tajo aquella reflexión sobre la que desafortunadamente ya nunca regresamos prolijamente.
Para repensar aquella conversación inconclusa regreso con frecuencia a uno de sus ensayos en el que afirma que se trata de estar en la izquierda, no ser de izquierda. A menudo concluyo que ese repensar la revolución para hacerla necesariamente coloca en la izquierda, porque el adversario, ese monstruo de siete cabezas que es el capitalismo, se mueve y se transforma, engullendo aceleradamente el mito y la idea de la revolución misma. Ante eso lo que menos puede hacerse es pensar y sostener que se es de izquierda, como si hubiese una esencia, un sustrato inamovible, un mantra, que convierte a quien lo porta en eso que aporta, casi como por arte de magia. Eso tan sólo facilita ser un bocado más para el monstruo. Lo cual no sucede con la obra de Bolívar; ésta sigue estando en la izquierda, sigue ayudando a ver, comprender y entender al adversario; sigue invitando a construir miradores y llevar a cabo acciones en el campo de disputa que importa: lo cotidiano y en la sociedad. Esto es lo que, a mi juicio, vale la pena entender, preservar y enriquecer. Por esto mismo, celebro se la esté liberado de la mitologización que voluntaria e involuntariamente se ha llevado a cabo sobre Bolívar, y que de su figura quede sobre todo el núcleo duro de su obra.
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