El dinosaurio no tiene con quien hablar

Desechado y ajeno al mundo, quien habla y escribe lo mira con curiosidad, sin nostalgia.


Anecdotario de viaje a Perú (2024)

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3 de Junio de 2024.

Desviaciones.

Si de viajar se trata, las maletas también viajan, solía decir Guillermo Fadanelli. Desde el día de ayer, nuestro viaje nos ha convertido en maletas. Después de votar en nuestras casillas,  comenzamos la aventura con brío, y yo, en particular, lleno de recuerdos y pensamientos sobre un viaje anterior a Perú. Una par de horas antes de llegar a nuestro destino, a eso de las ocho de la noche, hora local, se nos informó que el avión se desviaría a Cali, Colombia, porque el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez de Lima había sufrido un problema severo. Luego nos enteramos que se quedó sin luz por diez o más horas. Inconcebible. Entonces comenzó un via crucis muy latinoamericano: más de tres horas estacionados en el avión después de aterrizar, otras dos para nuestro traslado a un hotel posmoderno (City Express). Y filas, muchas filas. A las 3:40 am del 3 de Junio pudimos meternos en una cama a dormir unas cuantas horas.

A las ocho de la mañana estábamos desayunando, esperando noticias sobre nuestro vuelo. La aerolínea había reservado las habitaciones hasta el 4 de Junio. Malas noticias. Pensando qué hacer, encontramos un tour por la ciudad de Cali, con una duración aproximada de cuatro horas. Parecía buena opción. Lo sorprendente fue el costo: medio dólar. Fue allí cuando supe lo jodido del entorno. ¡Medio dólar!

Sin embargo, no pudimos hacer el tour porque nos avisaron el vuelo a Lima saldría a las cuatro y media de la tarde. Nos informaron que pasarían a recogernos al medio día. Ante el fracaso recurrente, decidimos caminar por Cali un rato. Vimos una ciudad hecha pedazos, sucia, pobre, desigual. La basura y los pepenadores abundan. No podía dejar de pensar en los Orihuela y el Cartel de Cali, cuando Escobar. Las motos, las pieles negras, brillosas, felinas, caminando  por las calles. Ciudad chica, jodida, hundida en las mieles de los extremos, sin mezclarse. El extremo que no puedo captar en fotografía: un pordiosero limpiándose y bebiendo agua estancada de un hueco del asfalto en la esquina de una avenida, mientras autos y motos de lujo pasan veloces. Siento que tan solo con caminar por estas calles incurro en un abuso.

Regresamos al hotel. Nos disponemos a partir. Lo que hay desde el hotel hasta al abordaje del avión es caos, desorden, ineptitud más que incapacidad. Cierto que los pasajeros varados que somos hemos creado lazos, pero son frágiles, dispuestos a romperse en cualquier momento. No hay “bus” que nos lleve al aeropuerto, desfilan taxis pequeños, sin posibilidad alguna de llevar pasajeros con sus maletas insaciables. ¿Quién lleva montañas de bultos y maletas a un viaje? Sospecho es el fardo de la esclavitud propia. Hay enojo, malas miradas, puños crispados.

A nosotros nos toca, cuando nos toca, un taxista emprendedor. Le hacemos la pregunta que hicimos varias veces antes a otras personas de Cali: ¿por qué hoy, 3 de Junio, es día festivo? Al igual que los interlocutores previos ignora la razón, pero va más allá: “seguro es una batalla que quizá hace mucho tiempo fue importante, pero ahora a nadie nos importa”. Me resisto a preguntarle sobre la historia: presume su respuesta. En cambio, importa que Cali sea la capital mundial de la salsa: orgulloso informa que en su ciudad se escuchan los 21 ritmos de salsa que existen. Para mi sorpresa, sube el volumen a una canción de Paquita la del Barrio que suena en la radio. Paquita-la-salsera me digo.

Pero el conductor no es del todo un pelmazo. Nos cuenta de las luchas de 2019 que catapultaron a Petro. Nos narra que la movilización popular suscitó el quiebre de las empresas agrícolas que operaban en Cali. Desde entonces no las hay, por tanto, el trabajo escasea. Dilemas de gobiernos autodenominados de izquierda. No obstante, el conductor reconoce: son siete las  familias poderosas que controlan los ingenios de la zona. No termino de calibrar sus palabras, nos trae sordos con el volumen de las piezas de salsa que suenan en la radio. Pienso en el fracaso de los historiadores, o mejor dicho, en la dinámica de las sociedades. Y pienso en mi país: me suena, lo siento tan lejano. La derrota electoral del PAN y sus aliados por ahora no me dice gran cosa desde aquí.

Son poco más de las seis y media de la tarde. Volamos hacia Lima. Parece ahora sí lograremos llegar. De hacerlo, mañana salimos a Cusco. Pido un whisky doble, triple si se puede. Para mi sorpresa, me lo traen, sin hielo (es-que-no-hay-suministros-en-el-avión, dicen). Bebo. Suspiro. Pienso en lo que sigue (si sigue).

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7 de Junio de 2024.

Nunca se regresa al mismo lugar.

En el tren que nos lleva al pueblo de Machu Picchu, en su vagón estrella, suena El Cóndor Pasa al estilo de un Pink Floyd disminuido. El abuso del sintetizador y el volumen obligan a pensar en un Cóndor metálico, binario, muy de junk box. Tampoco favorece al grupo musical que lo interpreta el espectáculo previo, muy estereotípico, del borracho que no deja de bailar. Casi siempre me dan ganas de salir a defender las bebidas espirituosas cuando se las confunde con borrachos. De eso se trata el vino que consumo, de defenderlas. 

En día previo a nuestra partida en tren al pueblo de Machu Picchu, volví a beber aquel macerado de plantas que ingerimos en un restaurante de aquella calle en que nos hospedamos la ocasión anterior. Digestivo y de borrachera segura. Pero ahora, se nos ofrece como promesa de hospitalidad para el día siguiente. Porque resulta que, en Cusco, todo el mes de Junio es de fiesta. Celebrando el Corpus Christi, hacen una fiesta previa, una fiesta el mero día, otra fiesta como tornafiesta, y una última para despedir la fiesta. En suma, muchos días de desfiles, bailes,  comida y bebida. En cualquier lugar –mercados, escuelas– los que habrán de desfilar ensayan entusiastamente.

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Quizá por este mes de fiesta Cusco hierve de gente. Nada que ver con hace casi cuatro años. Algunos comercios que recuerdo han  desaparecido, otros, cuyo “target” es el turismo de altos vuelos, han proliferado. Hay tal efervescencia turística que incluso llega a saturar. La mercancía lo es prácticamente todo. Y como al parecer traemos un nopal en la frente –no la “x”, sino el nopal–, se nos persigue para vendernos lo que sea, incluso la idea de la Pachamama, “porque los mexicanos y peruanos somos casi como hermanos”. Afortunadamente salimos el 6 de Junio hacia Machu Picchu con la esperanza de allí ver el amanecer al día siguiente.

Piedras. Piedras. Piedras. Maravillosas y escultóricas piedras. Decididas a permanecer. Las vemos en su plenitud. Al lograr entrar al sitio arqueológico a las seis de la mañana, hay mucho espacio y poca gente. Sin embargo, ahora, antaño zonas que caminamos, son inaccesibles. La masa turística obliga restricciones. Pero el espectáculo de los primeros rayos de sol acariciando las piedras lo compensan casi todo. El recorrido de la zona es agradable. Detrás de nosotros, hordas de gente que se ven como insignificantes hormigas que circulan sin oficio ni  beneficio. Los guías hacen su agosto: dicen, recrean, inventan. Pero entre ellos hay inconformidad. Al parecer la cantidad de turismo es la causa, aunque sea negocio.

Al bajar de la zona, nos  quedamos en un mariposario. Los responsables lo decidieron fundar porque notan una sensible disminución de ellas en la zona, por motivo del turismo y la contaminación. Me sorprende escuchar allí a un guía expresar de manera consistente y sencilla un discurso anticapitalista. Le observo atentamente. Es un hombre maduro. Su decir, que combina crítica y reivindicación de creencias incas, muy bien “argamasadas” (si es que esa palabra existe), me hace preguntarme si no se trata de la transformación de una de las vertientes de Sendero Luminoso. A lo mejor en su locura el Presidente Gonzalo algo logró. O tal vez no. A lo mejor se trata de un lector solitario  que va de El Capital a estudios sobre el Tahuantinsuyu. No sería nada extraño, es lo que en cierto modo hice durante el vuelo desviado.

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Lo cierto es que por acá parece no haber una buena percepción del gobierno en general. En su manera de expresarse de la población, parece tratarse de un fardo a cargar inevitablemente. Así lo da a entender el escultor de piedra que encontramos refundido en su precario taller. Sus obras son en verdad majestuosas. Reitera: trabajo con lo que la Pachamama me da, a pesar de lo que el gobierno me quita. Se trata de crear –nos dice– no de acumular. De un modo u otro me encuentro con el mismo tipo de afirmaciones: lo bello de las mariposas no está en el exterior de sus alas sino en su interior, nos dice el guía del mariposario. Y remata: a diferencia de nosotros, que solemos preocuparnos por la belleza externa a pesar de nuestra fealdad interna. Como Dorian Gray, pienso.

Regresamos a Cusco. El tren arrulla. Y se detiene…. porque la locomotora falla. Este viaje muy planificado está invadido por harto imprevisto. Llegamos a Cusco con cuatro horas de retraso, sin whisky, sin café, con escasa agua y un frío cada vez más intenso.

  8-11 de Junio de 2024.

Sacar de lo oculto.

Concedo la magnificencia de Machu Picchu. Es un sitio extraordinario, está en las nubes por así decir, alejado de todo. Para el momento de su esplendor, también expresaba la insalvable  distancia entre las élites y la gente común y corriente. Me vengo enterando que los incas hacían un ritual que simulaba la eternidad del gobernante. ¡Aya!, como dicen los peruanos. Pocas cosas podrían reiterar tal distancia permanente que un centro ceremonial, aristocrático, a dos mil 430 metros de altura.

Pero estoy convencido de que, pese a todo, no es el lugar más importante. Eso me quedó claro desde la ocasión anterior que estuve por acá. Por eso propongo un recorrido inverso al  sugerido por guías y turismo: de Machu Picchu a Moray; un recorrido pausado, sin prisas, como corresponde a cuerpos que ya cruzaron la barrera del medio siglo. De Saqsaywaman me fascina la dimensión de sus piedras; de Quenco su cavernosa ritualidad; de Taray, el anegarse la mirada de Los Andes y sus pronunciados y breves valles; de Pisaq, sus andenes; de Chinchero y Ollantaytambo sus canales de agua y la monumentalidad de sus paisajes. Pero para mí, la joya de la corona es Moray. De alguna manera este sitio arqueológico zanjó para mí la discusión un tanto estéril sobre la equiparación del conocimiento prehispánico con la ciencia occidental: simplemente no son lo mismo.

   Apreciando este sitio de “adaptación agrícola”, pienso en lo que escribió Heidegger: “conocer es un hacer salir de lo oculto”. Aquí lo que hay es precisamente eso, un conocer al que el filósofo llamó técnica y del que la ciencia es una derivación especializada. La referencia, por supuesto, me choca, y me riño por traerla en la cabeza, pero el filósofo tiene su razón cuando afirma que entre el ser humano y la naturaleza hay algo así como una mutua solicitación, una estructura de emplazamiento. Moray lo es. Y para colmo, no se puede estar en total desacuerdo con aquello de que el suceso histórico que inicia es en realidad lo último que se muestra de una estructura de emplazamiento. En otras palabras, en Moray lo que hay es cúmulo de solicitaciones mutuas entre el ser humano y la naturaleza para producir su vida. Lo que vemos como  espectacular inicio civilizatorio, de experimentación, “científico”, en realidad es el final puntual de aquel largo proceso. La ciencia, en su especialización enamorada de sí, a menudo se olvida de esto. Por eso Moray vino a zanjar en mí esa necedad de darle al conocimiento indígena el mismo status que el de la ciencia. Ahora que vuelvo a visitarla, más me convenzo de lo inoperable que es este último concepto para esto que veo, por su reduccionismo.

Lo mismo me sucede con las Salineras de Maras. Es la primera vez que las visito. Me dejan extasiado. Ignoro de dónde viene el manantial que trae el agua salada a este lugar, que está a tres mil 300 msnm. Más allá de las propiedades que dicen tiene, lo que veo es un trabajo humano extraordinario ensayado, refinado, consolidado hace cientos, por no decir miles, de años. Un conocimiento que logra trazar canaletas, pozos; que se ayuda de la evaporación para obtener sal de distintas calidades: la superficial, baja en sodio; la intermedia, para “parrillada”; la asentada, con propiedades curativas. Así son las solicitaciones mutuas entre lo humano y lo natural. Por supuesto, los incas controlaron esta producción de sal, pero en cuanto a producción, les antecede por mucho tiempo. Ahora son más de mil pozas, aunque la propaganda dice son más de tres mil. Nos informan que son de propiedad familiar y comunitaria. Su resplandeciente blancura, el aire por momentos furioso, su disposición entre las montañas, prenden la mirada con tal fuerza que es difícil partir, incluso a pesar de que la sal, el polvo y demás terminan por provocar mucosidad con algo de sangre en la nariz.

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En este conocimiento todo parecer ser circular, sin desperdicio alguno. Quizá porque no está atado a la “productividad”, en él no existe la obsolescencia programada. Esta sensación de “circularidad del conocimiento” se me acentúa en Chincheros. En una casa, con su pequeño taller de producción textil, dos mujeres nos develan sus conocimientos, también nos educan, y nos informan: aquí nada se desperdicia. Me entero que los orines humanos, acumulados, fermentados, son los mejores fijadores de color para los textiles que se hacen de Alpaca. Pero no sólo eso, sino que también la usan para combatir la caspa, la seborrea, las altas temperaturas corporales y otras cosas. Yo sabía de su eficiente uso para combatir el pie de atleta, de la orinoterapia, pero no de esto. También nos muestran otras plantas y raíces que sirven de afrodisiacos y de shampoo natural. Una de las mujeres que nos conducen por las constelaciones de su conocimiento, jocosamente afirma que si se le da al hombre tal hierba, “una no duerme”. Todos soltamos las carcajadas. “También sirve para la próstata”, concluye. Sabía yo de una planta africana con propiedades  similares, pero no de ésta. Decantados milenarios.

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De las dos mujeres del taller, una es mayor, la otra más joven. Al despedirnos, nos obsequian unas pulseras. La mayor, que habla más quechua que español, me coloca la pulsera, tomando mi mano entre las suyas, que siento viejas, arrugadas, rasposas, pero cálidas. Comienza a hablar en su lengua. Por el tono, supongo es una suerte de rezo. La escruto. Toda su postura corporal denota precisamente eso, está rezando. Al terminar me obsequia una enorme sonrisa y una mirada límpida. Le sonrío, le agradezco, y cuando me suelta la mano, se la coloco en su hombro. De toda ella emana una tranquilidad cautivadora. A saber qué dijo mientras mantuvo mi mano entre las suyas, pero decido no quitarme la pulsera en todo el día.

Si bien entendible, no deja de ser interesante que sean mujeres las que reciben, explican y acompañan en los talleres productivos. Antes de subir a las Salineras de Maras, a petición mía nos detenemos en un local para tomar chicha de jora. La explicación de quien nos lleva es la causante de mi petición. Me dice que tres veces al día los campesinos la toman para aguantar el arduo trabajo en el campo. Me digo, entonces, que es necesario probarla. El conductor me instruye: en las casas y locales donde pende una bandera roja hay chicha de jora. Entramos a una casa-local en el que una chica nos explica el proceso de producción de esta bebida y de la sal que se obtiene de las salineras a las que iremos inmediatamente después. De nuevo aparece la idea de la circularidad, del no desperdicio. A cada cosa que le quita una cáscara comestible, se la da a los cuy, que son regordetes y algo alcohólicos, pues beben la chicha en los pequeños charcos que quedan en el trajín de la servida. “Aquí todo se usa”, me dice como si leyera mi mente.

En los estudios sobre dicha bebida la definen como una suerte de cerveza por su elaboración. La verdad es que sabe a otra cosa, a una bebida fermentada no reposada. Me gusta. Pido un vaso que es enorme. Antes de ingerir la degustación inicial, la anfitriona nos pide derramemos un poco del líquido en el suelo de tierra, para la Pachamama, para agradecerle y convidarle. En su decir no hay propaganda. Lo dice desde una convicción íntima. Eso prevalece en toda la región del Cusco. Más que un arcaísmo necesitado de resurrección, aquí la Pachamama es una realidad cotidiana. Al derramar un poco de mi chicha, recuerdo que en Cuba había un ritual parecido. Incluso recuerdo algo peor: la primera vez que vi lo hicieron me tiré al suelo para intentar rescatar el precioso ron. Ridículo de mí. Aquí ni lo intento. No sólo pienso en lo absurdo del acto, sino que quitaría este manjar a los cuy que andan por allí. También pienso en la Pachamama frunciendo el ceño. Capaz tiembla. Nuestro conductor insiste en la  Pachamama: incluso aquí no tiramos agua caliente a la tierra, porque es como si nos echáramos agua hirviendo en la propia piel, afirma. Siempre hay que dejar que se ponga tibia, indica. Entiendo es un argumento dirigido a la utilidad, pero es su envoltura mística la que llama la atención. Terminada la chicha, nos dirigimos a las salineras, mientras pienso que yo sin problema puedo beberla sin trabajar.

16 de Junio de 2024.

Piedras, derroteros y corcholatas.

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Sentado bajo la sombra de un Ficus de aproximadamente 150 años de antigüedad (presumen), intento sin éxito recordar aquel poema de León Felipe sobre las piedras. ¿Recuerdo o invento que  hablaba de las palomas y las piedras de … San Marcos…? Será por su tamaño, será por su color, pero son ellas las protagonistas en Cusco y en Arequipa. De tonalidades opuestas, pareciesen marcar y responder a los derroteros de sus destinos: aquella muy indígena, ésta muy católica. Los dioses de aquella ciudad, además de diversos, parecen ser mucho más dinámicos y juguetones que el de esta ciudad blanca, adusto, sangrante, aburrido. Este dios, en Lima, se vuelve administrativo, imperial, burocrático, y malamente disimula diluirse a fuerza de una caótica modernización.

     En Lima nos toca ver el XVII Congreso Mundial del Folklor. Por sus calles céntricas desfilan comparsas de distintos países bailando sus muy estereotípicos bailes: desde los búlgaros hasta los mexicanos, nadie parece faltar a la cita. Estos bailes contrastan con los últimos que vi en Cusco. Resulta que inmediatamente después de la fiesta de Corpus Christi conmemoran la fundación de la ciudad. Los bailes en las calles son distintos. Los últimos de la festividad católica denotan fuerte influencia boliviana así como la notoria presencia  de Puno: harta lentejuela; ellas, en la mayoría de las comparsas, de minifalda cortísima con el sombrero de copa alta característico de la zona; ellos, con indumentaria que remite a ciertos elementos de la armadura hispana, algunos incluso llevan luces en los tobillos, como árboles de navidad desorientados. En cambio, los primeros de la conmemoración, son bailes que sobre todo refieren a procesos civilizatorios: la recolección, la caza, la siembra, la cosecha, la domesticación de animales, la bienaventurada alegría de trabajar junto con la Pachamama para poder vivir con y de ella. Movimientos y motivos disímiles: aquellos con pasitos cortos, de brinquito, muy básicos; estos, teatralizando el proceso civilizatorio, con su miedo y su furia, su tragedia y su alegría (hay algo de malévolo en que hayan escogido a un niño rechoncho para representar a un animal cazado, el chancho de dos patas muere y es destazado en medio de la algarabía). 

     A la sombra del Ficus disfruto los moscos, colibríes, y mariposas que atrae. Estos detalles son los que me gustan. Incluso diría que es este aspecto lo que me atrae y fascina de Arequipa. Es una ciudad rinconera. Hay que caminarla lentamente para que obsequie su belleza. Sus calles, la disposición de algunas escaleras, sus puertas de madera, su herrería, sus puentes para cruzar el rio Chili, incluso sus “pasajes” comerciales de finales del siglo XIX y principios del XX, son sumamente disfrutables, fotografiables, habitables, a pesar de su caótico tráfico, contaminación, y trato desdeñoso al peatón. Arequipa, ciudad blanca; Arequipa, ciudad de fenómenos naturales tendientes a convertirse en desastres sociales (nos dice un señor: la piedra que usamos es de la última erupción de hace tiempo y aún no la acabamos; nos informa el guía de la catedral: un temblor tiró uno de los campanarios; dicen los historiadores que esta condición es la que explica la presencia de tanta iglesia y la eficacia de cierta rebelión inca después del triunfo de Pizarro); y, por supuesto, ciudad de Mario Vargas Llosa.

     Algo de horror me suscita que la figura del escritor subsuma casi todo en términos literarios. La biblioteca local, municipal, privada, casi todas llevan su nombre. Me molesta enormemente su museo: se cobra para “ver la cama original donde de niño durmió Mario”; para sentarse en salas y ver proyecciones de su vida; para presenciar “hologramas” del nobel de literatura. Me  niego a pagar un solo sol para eso. En la biblioteca local que lleva su nombre, con libros por él donados, hay toda una sala en la que estos solo se exhiben, no se prestan. Imagino mucho valor tienen algunos, como esos sobre la economía peruana o aquel otro que tiene por sugerente título: Más que puta. Pareciese que en la disposición de esta sala, los libros son tan totémicos como la cantidad de medallas que se han otorgado al escritor: el corcholaterío es abundante, no habría pecho que lo pudiese presumir de una sola vez, a menos que también se le colocara por todo el cuerpo, incluso en los testículos, como cencerros de prosapia. Muy al estilo del abolengo de la línea ascendente del escritor, que se remonta al alcalde de Arequipa a mediados del siglo XVIII: Joseph Antonio de la Llosa y Carbonera. Al parecer la derechización política del escritor también es de abolengo. En Arequipa como en Lima, incluso la “cultura” es un tema de alcurnia recurrente, tan lo es que es necesario pagar para rozarla. Termino asqueado del tal Mario Vargas (no de sus novelas), de los católicos, de la gestión monárquica de la “cultura”. Me falta más Mariátegui, más Arguedas, más Rosario Cardeña, cuyos libros, El amante y Príncipe negro, hojeo con curiosidad en la única librería que me encuentro en Arequipa.

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     Como siempre, lo que importa son las otras expresiones culturales, las populares. Desde el barroco jesuítico de Arequipa hasta la comida en esta ciudad, Cusco o Lima, lo que hay son mezclas saludables, esotéricas y abundantes, aunque no tan abigarradas como las hay en nuestro  país. Por acá, los españoles, al confrontarse entre sí, dejaron un amplio margen para el continuado ejercicio de las culturas previas a la llegada de Pizarro y sus huestes. Y al haber carecido de una revolución como la mexicana, la mezcla parece más básica aunque no menos compleja.

     Luego de descansar un rato bajo la sombra del Ficus, retomo (retomamos) el andar. No tengo ganas de ir a Lima, pero hay que hacerlo. Cuando llegamos a la capital de Perú, nos hallamos un cielo gris, brumoso, de “panza de burro” me dice un peruano clasemediero. Su caos urbano, su guerra motorizada, su división radical entre las zonas “donde hay plata” y el resto, se vuelve un entorno estresante, desesperante. Aquí no hay Pachamama que valga. Tampoco hay discusión alguna sobre qué modernización seguir. Pienso en lo que leí en una pinta escondida de Arequipa: “Dina asesina”. No sólo es ella. Es esta ciega modernización la que mata. Pienso en mi país, en nuestra ciudad, y más que una sonrisa, una mueca se dibuja en mi rostro. Esta “panza de burro” no ayuda.

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     Pero la gente con la que nos ha tocado convivir ha sido la mar de amable, cariñosa. México es imaginario, un imperio, una seducción. Y nosotros somos (espero) una suerte de estandartes involuntarios.



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