El dinosaurio no tiene con quien hablar

Desechado y ajeno al mundo, quien habla y escribe lo mira con curiosidad, sin nostalgia.


El dinosaurio se encuentra con el cocodrilo

Canta Sabina que no hay que volver al lugar donde se ha sido feliz, quizá porque lo que te espera es la desilusión, pienso. Supongo, por el contrario, que cuando vuelves a donde no lo has sido, cabe la remota posibilidad del asombro.

Esto último es lo que me pasa, estimado cocodrilo, incluso ahora que te puedo ver. Hace 40 años ni siquiera eras visible, de hecho no te recordaba tan monumental. El mentado color de tus ojos no vistos era la razón de nuestra especial bienvenida a esta preparatoria en primer año, claro, si eras hombre: golpes, asaltos, “peladas”, amenazas, temor.

En efecto, cocodrilo, aquí, aprendí lo peor de ciertas prácticas universitarias, que luego supe eran muy de burocracia política mexicana: la violencia, el agandalle, el racismo, la corrupción, la manipulación, la urgencia de las alianzas necesarias para sobrevivir. ¿Cómo no recordar a aquella mujer de tercero, morena de ojos verdes, diosa a la que muchos le rezaban, que una y otra vez a mi amigo y a mí nos sacó de las instalaciones preparatorianas, casi en su regazo, para que ningún porro nos tocara? ¡Suerte la mía que mi amigo le gustara tanto como para salvarnos!

Por supuesto, lo sabes cocodrilo, también ejercí la imprudencia con creces. No solo alguna vez tuve que refugiarme en la clínica 32, escupiendo sangre, y escapar de los porros, que la habían sitiado para cazarnos, dentro de una ambulancia, sino que, junto con mi amigo, creamos un conflicto que casi suscita una monumental madriza entre porros de la prepa y porros de Ciudad Universitaria. Recuerdo bien aquellos días en los que pensaba muy filosóficamente: creo que me van matar.

De las clases, en cambio, no recuerdo gran cosa. Entraba a pocas materias, no sólo porque no me llamaban mucho la atención, sino porque los vientos de las movilizaciones sociales soplaban: eran días intensos de marchas, de huelga, de asambleas, de aprendizaje a pie de banqueta. Con todo, en mi memoria, persiste la imagen, la voz, el decir de la maestra de sociología. Gracias a ella supe de los esfuerzos intelectuales por intentar comprender y explicar a la sociedad.

Además, a su modo, estaba a tono con los vientos de cambio que soplaban ya por entonces. Menuda ella, solía utilizar faldas largas y entalladas, con apertura en la parte trasera o en un costado. Gustaba de sentarse en el escritorio, a veces dejando entrever algún muslo. Esto era un total desafío. ¿Recuerdas, cocodrilo, cómo las alumnas no usaban faldas ni shorts ni nada por el estilo? La violencia simbólica del chiflido masivo si llegan a la escuela con alguna prenda de ese tipo disuadía su uso. Además, por supuesto, de otras violencias. Por eso, la maestra de sociología parecía romper los esquemas.

Yo sé, cocodrilo, que los alumnos rara vez se metían con los maestros. No como ahora, que los apuñalan o se lían a golpes con ellos. En aquellos entonces los profes tenían cierta aura de autoridad, sea por su profesión o tal vez por su edad. Hoy me pasó. Al llegar al estacionamiento, ni siquiera tuve que informar a la vigilante que venía a este plantel a dar una plática. Me dejó pasar sin preguntas, solo diciéndome: adelante maestro. Supongo traigo marcada la vejez en el rostro, tanto que ya ni siquiera los vigilantes se preguntan si puedo ser algo distinto que un profesor. Recuerdo que hace cuatro décadas era igual. Imagino por eso nadie chiflaba a la maestra de sociología, aunque a decir verdad la recuerdo muy joven.

En mi memoria esa maestra fue precursora de lo que vino después: el hartazgo femenino de no poder vestirse como les diera la gana. ¿Te acuerdas, cocodrilo, de los carteles en los baños de mujeres, en los pasillos, estableciendo la fecha en que todas debían llegar a la preparatoria de falda? Para sorpresa de todos, una amplia mayoría de las compañeras lo hizo. A las 7:00 am del día acordado, conforme llegaban las compañeras, dirigiéndose a sus salones de clase, comenzó el chifladero masculino, ensordecedor en principio, que rápidamente se desvaneció, porque casi todas las alumnas llegaron con faldas largas, cortas, pegadas, aguadas, de colores, lisas, tableadas, etcétera. De pronto, los machines se quedaron mudos. Fue un día memorable. Las cosas cambiaron, no por voluntad de institución alguna, sino por la organización de las compañeras. Y en mi imaginario, la maestra de sociología estuvo en el centro de aquello.

Es más, mi buen cocodrilo, tan cambiaron que apareció aquella organización de chicas que, interiorizando el modelo de los porros de la prepa, hicieron su banda que, liderda por la famosa Yeah, ejercía violencia contra mujeres y hombres. A mi amigo y a mí nos detuvieron porque a ella le pareció sensato someternos para que mi amigo, el galán de la escuela, besara a una de las integrantes de la banda, a la que recuerdo algo derketa, tímida y delgada. El hecho me dio tanta risa que, cuando la Yeah me dijo podía irme porque «la onda» no era conmigo, me retiré alegremente agitando mi mano ostensiblemente y conminando a mi amigo que diera todos los besos que fuesen necesarios, cosa que hizo, me enteré al día siguiente. En fin, por una u otra razón, ese amigo y yo conseguimos paso franco ante las organizaciones de porros de nuestra preparatoria. Y fuimos de los pocos que sobrevivimos sin que nos pelaran el cuarto año.

No cocodrilo, no soy profesor de esta preparatoria, aunque regreso con el aura de ser un «destacado profesor de historia». Sí, comparto tu risa. No sé si hay algo destacable en lo que hago, pero sí cocodrilo, con esta carita de imbécil que ves, he publicado algunas cosas, y llevo ya más de 20 años dando clases en la Facultad de Filosofía y Letras. No sé la calidad de lo que hago, no suelo calificar lo que hago, no me da por promoverme, pero allí está, perdido en el universo de lo perdido. Échate un chapuzón al interné y lo verás. Ya me dirás tú con ese hociquito que te cargas lo que piensas.

Pues sí, cocodrilo, ahora vengo en coche, no caminando (¡apa progresito dirás!). ¡Y hasta lo estaciono en el estacionamiento! Nada que ver con aquellos días de tomas de camiones de transporte, de carga, de agandalle a las empresas refrésquelas. Todo ha cambiado cocodrilo, menos tú, aunque tu entorno sí. Ahora que he caminado con cierta paciencia por la preparatoria, me alegro de ver a sus alumnas y alumnos sin el miedo a los porros, gustosos de ejercer la libertad sobre sus cuerpos, preocupados por cosas diferentes a las que a mi me ocupaban. Hace no mucho tiempo, platicaba con un candidato a rector que se destacó en aquellos años de movimientos estudiantiles. Afirmó con cierta satisfacción que la universidad de hoy se parece más a aquella por la que luchamos que a la que sus autoridades pensaron. No estoy seguro, pero esta sensación de sano centro vacacional no me desagrada del todo. Ignoro cuáles sean las preocupaciones de estos adolescentes que apenas han rebasado los 15, no tengo ningún vínculo con ellos, pero, para decirlo en breve, hay sol en esta preparatoria. En verdad me alegro de ello. Aunque, confieso, que después de la plática de hoy, siento una distancia tan grande con ellos como el Océano Atlántico.

Bueno cocodrilo, como dice la canción, «see you later aligator». A ver si regreso, y a ver si cuando lo haga, puedo moverme; espero me reconozcas, porque tú, a tu edad, te ves como un roble eterno.

No cocodrilo, aquí no fui feliz, quizá por eso puedo regresar y asombrarme de lo que veo.

¡Ahí te ves!



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