
Tengo un vecino que imagino es colombiano. Es alto, espigado, moreno, de cabello ralo, razón por la cual usa un sombrero “vueltiao”. No tengo ningún motivo para afirmar que es de aquella nacionalidad; ese sombrero, que usa con gusto, bien pudo ser un regalo o un souvenir de cualquier viaje a aquellas tierras, como los que yo tengo o regalé en su momento a mi padre. Es cierto que el tono y forma de su hablar no es colombiano, pero tampoco es mexicano. He cruzado pocas palabras con él, sobre todo cuando salgo a tirar la basura, y con cortesía, aunque en su caso con elegancia, nos saludamos al encontrarnos en esa tarea otrora masculina. Así que tengo para mí que es colombiano aunque puede que no lo sea.
Un buen día este hombre tomó una decisión que me sorprendió. En un sumamente pequeño jardín, en realidad, un pequeño cuadrado de pasto, cercado por pasillos y andadores, que prácticamente yace al costado de una central de luz de la unidad donde vivo, decidió sembrar maíz, calabaza y chile. La razón nunca la supe, solamente un día lo encontré afanándose en limpiar el lugar, lleno de heces de perros y gatos, miados y basura que algunos vecinos gustan esparcir por las calles (y el mundo). Otro día lo vi con instrumentos de labranza, removiendo la tierra. Luego, lo vi sembrando algo que después me contó, a pregunta expresa que le hice, se trataba de aquella germinea y frutas.
En los sucesivos días, lo vi ir “religiosamente” a regar su pequeñito lugar de labranza, vigilarlo y cuidarlo. Había en su proceder algo de amoroso, e incluso cierta expresión ceremonial. Nunca supe si antes de verter el agua rezaba, pero por su postura parecía hacerlo. Yo lo saludaba, me detenía un momento, miraba su hacer. En cierto modo el acto me contagiaba una alegría tranquila y persistente. Al paso de los días, el maíz, la calabaza y los chiles comenzaron a germinar y crecer. Sentí el mismo asombro que recuerdo cuando en la primaria nos pusieron a germinar un frijol. ¿De dónde la vida?, me preguntaba, y me lo volví a preguntar cada día que veía aquel sembradío. Mientras aquello crecía, no quise hacerme la pregunta sobre lo que iba a suceder con la cosecha de todo eso. Era de esperarse que los vivales de siempre saquearan el producto. Sin embargo, al vecino parecía no importarle.
Un día los tallos del maíz, con sus incipientes mazorcas, aparecieron vencidos, caídos. Al observar con cuidado el pequeño jardín, los plantas de las calabazas y chiles se veían pisoteadas. Yo, que soy mal pensado, no vi en ese acto a un animal, por acá hay muchos perros, gatos, cacomixltes, chiquinas, y por supuesto, ratas y ratones, sino la huella del animal humano. Y es que, una cosa es el instinto, y otra la brutalidad. La ruptura generacional que hay en la unidad en donde vivo se expresa en la relación que se establece con los jardines: las personas mayores de cincuenta los procuran, los cuidan, les riegan y podan; los menores, simplemente no les interesa nada de eso, y si pueden, destruyen. Siembran basura, mierda, mientras con ojos fijos en sus celulares “pasean” a sus perros, que bien pueden destruir plantas y flores sin que sus robóticos paseantes se inmuten lo más mínimo. Por supuesto, habrá sus excepciones, pero son las menos. Las generaciones se parecen demasiado entre sí.
Este “derrota” suscitó que el vecino “colombiano” dejara su hacer campesino con un dejo de tristeza. Ahora lo veo cada vez menos, aunque sigue siendo cortés y amable. Imagino su desaire, que es el mismo que siento cuando veo ese mismo lugar, que, ahora, los responsables de áreas verdes y parques de la alcaldía, han convertido de nuevo en un pequeño jardín con pasto seco, una nochebuena muerta, y un rosal a punto de.
Cada vez que yo paso por ahí pienso en la persistencia: tiene algo de fugaz y terrible. A menudo niega el éxito. Pero ¿quién podría rechazar la plenitud de los diferentes momentos de su realización mientras la nada insiste en devorarla? Basta para mí recordar al vecino, en ese lapso en que se afanó en su aventura. Cierto es que el experimento culminó en un fracaso, pero mientras duró, no vi otro ser humano tan contento como él. Eso de persistir tiene su encanto.
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