El dinosaurio no tiene con quien hablar

Desechado y ajeno al mundo, quien habla y escribe lo mira con curiosidad, sin nostalgia.


El dinosaurio habla.

Cuando me despierto, yo sigo estando aquí. Sin embargo, bien sé que este, mi estar aquí, es un tanto extraño. Desde todos los horizontes se me anuncia que, estando aquí, solo estoy en tanto me extingo. Por supuesto, la mía no es una experiencia nueva, mucho menos única. Imagino –¿acaso otra cosa se pude hacer?–, que lo mismo le sucedió a los dinosaurios sobrevivientes al impacto inmediato del meteorito en Chicxulub, hace millones de años. Los veo deambular, huir de la extinción que finalmente los alcanzó a todos. Grosso modo, así me encuentro. Pero para esta historia personal no habrá cineasta ni animador alguno que la vuelva entrañable, como lo hizo Chris Wedge con Manfred y sus amigos en la Era del hielo a principios de este siglo.

Mas lo mío no es huir, intentar salvarme de lo inevitable . No hay a dónde huir, eso no lo sabían los dinosaurios, yo sí. Me dedico, por tanto, a mirar con curiosidad y asombro este mundo en el que parece haber una urgencia porque el pequeño espacio que aún habito sea desocupado. Ya-no-eres-necesario, leo por todos lados. Sonrío al percatarme que hasta el enojo me ha abandonado, junto con la nostalgia o la memoria de otra época. Lo que hoy prevalece es una mirada que se hace de todos los signos que gritan mi extinción. No hay condena alguna, mucho menos exigencia: si acaso intentos de descripción sin militancia de este mundo que ya decidió mi desaparición. En esto consiste ya no tener ningún “ismo”. Más que extraño, sería lamentable que un dinosaurio blandiera alguna militancia: su realidad es la extinción. ¿Qué puede reclamar para sí? Eso ya lo escribió y cantó Charly García: “cuando el mundo tira para abajo/más vale no estar atado a nada./ Imaginen a los dinosauros en la cama”. Siempre tuvo razón.

Escribo esto, lanzo el mensaje en una botella virtual a un mar virtual, no tanto para dejar testimonio o ser recordado, sino por la necesidad, por la reacción a esa incómoda aguja que surge de entender la oportuna coyuntura anímicamente letal: estarse extinguiendo, y sorprendentemente, tener la curiosidad suficiente por ese mundo que ya ha dejado de contarme en su seno, quizá por obsoleto, seguro por inútil.

Ignoro si algún ente piadoso recogerá la botella, mucho menos si leerá su contenido. Es lo que menos importa. Lo que me impulsa no es tanto el otro como el que ya no soy a pesar de seguir siendo yo, respirando, mirando, contando.

Si por casualidad lo que aquí se dice te suscita una suerte de eco, bienvenido eres, adelante; si no, deja pasar y sigue en lo tuyo.



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